¿En serio?
Porque cuando algo se repite,
deja de ser casualidad y empieza a ser un síntoma.
Un síntoma de que algo no funciona
—y casi nunca tiene que ver solo con el trabajo,
sino con cómo se trabaja,
cómo se lidera y cómo se escucha.
Las personas no se van porque sí.
Se van porque se apagan.
Porque dejan de sentirse vistas, reconocidas o valoradas.
Y eso no se arregla con una pizza los viernes ni con unos car en Navidad.
Cuando me encuentro con algo así, lo tengo claro:
hay que tocar la base.
La cultura empresarial.
No vale poner una tirita donde hace falta una cirugía profunda.
💡 En la entrevista que me realizó elEconomista (más que agradecida por ello) lo dije sin rodeos:
“El error más común de las organizaciones es olvidar que detrás de cada puesto hay una persona.”
Y ese olvido, tarde o temprano, se nota.
En los resultados, en el clima, en la motivación… y sí, también en la cuenta bancaria.
Si se van siete de cuarenta (un 17,5%, por cierto), tal vez la pregunta no sea
“¿qué les pasa a ellos?”, sino
¿qué estamos dejando de hacer nosotros?
Gracias, gracias y gracias por dar espacio a este mensaje.
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